Max cuando se queda solo se come la cola. Cuando lo fui a buscar al refugio su cola corría sería peligro. El estrés y la angustia de que su dueña lo abandonara y de tener que vivir en una jaula (durante casi un año) habían hecho que su psicología se desequilibrara. Ya hace 8 años que lo tenemos con nosotros, y la verdad es que había dejado de autolesionarse al poco tiempo de estar en casa, pero ahora lo ha vuelto a hacer.
Lo llevamos al veterinario y descubrimos, además, varias lastimaduras debajo de su pelaje. Y ahora ya tenemos los resultados de los análisis: sí, Max, nuestro amado labrador, padece de leismania.
Ya hemos empezado el tratamiento y el gordo lo soporta muy bien: ni se entera de los pinchazos, y es una suerte porque hay que ponerle 30 inyecciones, una cada día durante todo un mes.
Este tema ya lo hemos pasado con otros dos integrantes de la familia: Tuperman (se llama así porque en el pecho tiene dibujada una gran “T”, en lugar de una “S”) y Bongo (que se llama así porque lo eligió él). Afortunadamente en el caso de ellos, el tratamiento dio resultados.
Ahora esperamos que Max (en este caso ya vino portando su nombre) también supere este problema; el otro, las secuelas del abandono, creo que lo acompañará toda su vida. Tal vez cuando por la mañana nos vamos a trabajar, él reviva los malos recuerdos de su pasado, o está especialmente sensible por la enfermedad… el caso es que nadie sabe lo que pasa por la cabeza de un animal que, de un segundo para el otro, pierde todos los signos de referencia: su dueño, su casa, su paisaje, sus costumbres… Pero no es para nada difícil imaginárselo: basta con ponerse en su lugar.